Paseando, una mañana de sábado como un día cualquiera, un poco frío pero con esa sensación agradable de sentir la brisa en la cara en la que se te pone colorada la nariz…
Decidimos entrar al mercado, menos gente que de costumbre por estas fechas, pero con el mismo ambiente alegre de siempre… Gentes con prisas, mayores paseando, el sonido de las aves de la entrada, los percheros de ropa calentita por los lados y al fondo, los colores de las plantas que dan vida a los puestos del final del pasillo.
Y es ahí, donde al verlo me enamoré…habían muchos, pero ninguno era igual… unos más verdes, otros más altos, otros con diferentes adornos y colores… pero ahí estaba él y tenía que ser mío.
Pagué su precio y me lo llevé a casa con la mayor de las alegrías, pero no porque hubiera comprado un árbol sin más, sino por que iba a alegrar mi casa durante las fechas más familiares del año, en el que nada es igual a los anteriores, y por lo tanto mis adornos tampoco lo serían…
Como agradecimiento a su silenciosa labor, pero no por ella menos importante, y como un acto de esperanza en tiempos de dolor, al iniciar el año, subiremos en familia al monte para devolver a su hogar a nuestro pequeño y querido arbolito, cada año verlo crecer y hacerse grande y fuerte, donde no solo enseñamos a los más peques a cuidar del planeta si no donde cada año nos haremos una foto con él y con los siguientes que iremos plantando…
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(Actualización Febrero2021)
Teníamos ganas de que llegara este momento…y con toda la ilusión del mundo, cogimos nuestro arbolito, y salimos sin pensarlo dos veces!
Los peques no podían esperar más, y tras elegir el mejor lugar para que creciera y se hiciera grande y fuerte, nos pusimos manos a la obra!
Hacía frío…pero justo en ese momento salió un sol radiante y espectacular, que nos regaló unas horas de calor, que aprovechamos para disfrutar de la naturaleza, mientras le dábamos una nueva vida a nuestro amigo, al que prometimos visitar y cuidar por siempre.